

Día 8
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INTRODUCCIÓN
La beata italiana Elena Guerra, preparó esta Novena en 1890 y la llamó:“El nuevo cenáculo”; después, la hizo llegar a manos del papa León XIII en 1894. Tanto la devoción de la Beata por el Espíritu Santo, como su constante comunicación con el Papa solicitándole, que invitara a todos los cristianos a la devoción por el Espíritu de Dios, hizo que Su Santidad publicara una carta apostólica llamada Provida Matris, sobre la devoción al Espíritu Santo; además, publicó una encíclica llamada Divinum illud Munus, sobre la presencia y virtud admirables del Espíritu Santo, en ella exhortó a toda la Iglesia con estas palabras: “Decretamos, por lo tanto, y mandamos que en todo el mundo católico en este año, y siempre en lo por venir, a la fiesta de Pentecostés preceda la novena en todas las iglesias parroquiales y también aun en los demás templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios”.
(Cfr. Divinum Illud Munus n°16).
OCTAVO DIA
Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS
Ven Espíritu Santo, enciende los corazones de tus fieles e infunde en ellos el fuego de tu amor; envía tu Espíritu Señor y todo será creado y renovarás la faz de la tierra. Dios omnipotente, que instruiste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haz que apreciemos rectamente todas las cosas según el mismo Espíritu y gocemos siempre de sus consuelos, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
ORACIÓN ANTES DE LA MEDITACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Divino Espíritu, que por la Iglesia eres llamado Creador, no solamente porque estás en relación con nosotros, creaturas; sino también, porque moviendo en nuestras almas, santos pensamientos y afectos, creas en nosotros aquella santidad que es obra tuya. Venga también sobre nosotros tu benéfica virtud, y en cuanto a nosotros, te honraremos con este devoto ejercicio. Dígnate visitar con tu Divina Luz nuestra mente, y con tu Suprema Gracia nuestro corazón, para que nuestras oraciones suban agradables a ti, y del cielo, descienda sobre nosotros la abundancia de tus divinas misericordias. Amén.
MEDITACIÓN: NUESTROS DEBERES PARA CON EL ESPÍRITU SANTO
El Espíritu Santo, como Dios, tiene también todo el derecho de adoración, sumisión y amor, al igual que debemos hacerlo con el Padre y el Hijo. Como él nos hace partícipes de su naturaleza, es el Santificador de nuestras almas; y como reside en nosotros sustancialmente, le debemos la ofrenda de una oración humilde y confiada, pidiéndole fuerza, para vencer las tentaciones; luz, para conocer mejor nuestros deberes; y la gracia, para santificar todas nuestras acciones a fin de que le sean agradables.
Además, le debemos docilidad a sus inspiraciones y reconocimiento por sus incesantes beneficios. Como el Espíritu Santo es Amor y el Amor debe ser amado —entre todos estos deberes— lo que debe reinar es la primacía del Amor. Y como nosotros, miserables creaturas, no podemos jamás amar adecuadamente al Amor Infinito, amemos al menos como podamos y procuremos que él sea también más conocido y más amado por otros.
Pero, ¿cómo cumpliremos nuestros deberes con el Espíritu Santo, si fría y raramente nos acordamos de él?, ¿el olvido es adoración?, ¿el olvido es gratitud?, ¿es amor?; no, al contrario, es ingratitud, es desamor, es desprecio. Para nosotros, que conscientemente vivimos en lo sobrenatural, ¿existiría mayor vergüenza que vivir todo el día como si el Espíritu Santo no existiera, como si él no habitara personalmente dentro de nosotros?; por tanto, si quieres cumplir todos tus deberes con el Espíritu Santo, comienza por tenerlo presente en tu pensamiento, recuerda varias veces su amor, sus beneficios, y entre todas tus devociones, no falte, o mejor, abunden ofrendas y oraciones en su honor.
MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL
¡Oh divino Espíritu Santo!, ¡cómo me engañaba pensando que era solamente con mis pecados que te entristecía!, ahora sé que te entristecía aún más cuando te olvidaba. ¿Quién es también el más olvidado entre los fieles? y si ni siquiera recordamos al Eterno Amor, ¿cómo podremos cumplir nuestros deberes para contigo?; debemos arrepentirnos de nuestra ingratitud y pedir perdón. Te pedimos perdón, ¡oh Espíritu Santo!, y te prometemos honrarte en el futuro, con actos de especial adoración y de verdadero reconocimiento. Eres el Autor y el Dador de la gracia, el Santificador y Dulce Huésped del alma; por todo esto, con total devoción debemos volver a ti todos nuestros pensamientos.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
¡Oh prometido y suspirado Consolador!, Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo, que escuchando la unánime oración de los discípulos del Salvador, fraternalmente reunidos en el Cenáculo, descendiste para consolar y santificar la Iglesia naciente; sé propicio a nuestras súplicas, descienda otra vez tu Divino Fuego en los corazones de los hombres. Haz resplandecer tu luz hasta los confines de la tierra; llama nuevamente al seno de la Madre Iglesia Romana, a todas las iglesias separadas.
Oh Espíritu Santo, que eres el Amor ¡piedad de tanta mediocridad y de tantas almas que se pierden!; haz que rápidamente acontezca aquello que David profetizaba diciendo: “Envía tu Espíritu”. Haznos nuevas creaturas, y así renovarás la faz de la tierra. A partir de esta consoladora profecía, unidos en oración, como nos enseña la Iglesia, con plena confianza repitamos: ¡Envía tu Espíritu Señor y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra!
Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.
Himno al Espíritu Santo.
Frase conclusiva.
VEN CREADOR ESPÍRITU AMOROSO
(himno de las primeras vísperas de Pentecostés, Tomo II)
Ven, Creador, Espíritu amoroso, ven y visita el alma que a ti clama y con tu soberana gracia inflama los pechos que criaste poderoso. Tú que abogado fiel eres llamado, del Altísimo don, perenne fuente, espiritual unción, fuego sagrado. Tú te infundes al alma en siete dones, fiel promesa del Padre soberano; tú eres el dedo de su diestra mano, tú nos dictas palabras y razones. Ilustra con tu luz nuestros sentidos, del corazón ahuyenta la tibieza, haznos vencer la corporal flaqueza, con tu eterna virtud fortalecidos. Por ti, nuestro enemigo desterrado, gocemos de paz santa duradera, y siendo nuestro guía en la carrera, todo daño evitemos y pecado. Por ti al eterno Padre conozcamos, y al Hijo, soberano omnipotente, y a ti Espíritu de ambos procedente, con viva fe y amor siempre creamos. Amén.
FRASE FINAL PARA CONCLUIR LA NOVENA
(El signo de la Santa Cruz debe hacerse al mismo tiempo que se lee la siguiente frase conclusiva)
† El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.