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Día 5

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INTRODUCCIÓN

La beata italiana Elena Guerra, preparó esta Novena en 1890 y la llamó:“El nuevo cenáculo”; después, la hizo llegar a manos del papa León XIII en 1894. Tanto la devoción de la Beata por el Espíritu Santo, como su constante comunicación con el Papa solicitándole, que invitara a todos los cristianos a la devoción por el Espíritu de Dios, hizo que Su Santidad publicara una carta apostólica llamada Provida Matris, sobre la devoción al Espíritu Santo; además, publicó una encíclica llamada Divinum illud Munus, sobre la presencia y virtud admirables del Espíritu Santo, en ella exhortó a toda la Iglesia con estas palabras: “Decretamos, por lo tanto, y mandamos que en todo el mundo católico en este año, y siempre en lo por venir, a la fiesta de Pentecostés preceda la novena en todas las iglesias parroquiales y también aun en los demás templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios”.

(Cfr. Divinum Illud Munus n°16).

QUINTO DIA

Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS

Ven Espíritu Santo, enciende los corazones de tus fieles e infunde en ellos el fuego de tu amor; envía tu Espíritu Señor y todo será creado y renovarás la faz de la tierra. Dios omnipotente, que instruiste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haz que apreciemos rectamente todas las cosas según el mismo Espíritu y gocemos siempre de sus consuelos, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

ORACIÓN ANTES DE LA MEDITACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Oh Divino Espíritu, que por la Iglesia eres llamado Creador, no solamente porque estás en relación con nosotros, creaturas; sino también, porque moviendo en nuestras almas, santos pensamientos y afectos, creas en nosotros aquella santidad que es obra tuya. Venga también sobre nosotros tu benéfica virtud, y en cuanto a nosotros, te honraremos con este devoto ejercicio. Dígnate visitar con tu Divina Luz nuestra mente, y con tu Suprema Gracia nuestro corazón, para que nuestras oraciones suban agradables a ti, y del cielo, descienda sobre nosotros la abundancia de tus divinas misericordias. Amén.

MEDITACIÓN: EL ESPÍRITU SANTO Y SUS FRUTOS

Llamamos frutos del Espíritu Santo aquellos preciosos efectos que él produce en las almas, mediante la infusión de sus dones, que puestos a disposición de ellas, las fecundan de actos sobrenaturales y de virtudes que son frutos de santidad y de vida eterna. Nuestra naturaleza, corrompida por Adán, se parece a un árbol silvestre que da frutos amargos e ingratos, en estos árboles el Espíritu Santo realiza un saludable injerto que, de cierto modo, les hace transformar su naturaleza; donde el jugo vital, o sea la virtud natural actuante en el hombre, pasa por el nuevo injerto en el que recibe las buenas cualidades y da frutos dulces y sanos. Y, hablando con propiedad, no es el hombre que produce aquellos buenos frutos, sino el Espíritu Santo, principio eternamente fecundo de vida sobrenatural.

Todo árbol, bueno o malo, se conoce por los frutos que produce, y cada rama fructífera del árbol será podada por Dios, con el fin de que produzca mayor fruto. (Cfr. Luc 6, 43-44; Jn 15, 2). Por lo tanto, no basta el injerto para que un árbol ruin produzca buenos frutos, es preciso que el empeñado agricultor lo cultive y le haga la poda; y aquí es donde sucede el miserable naufragio de la virtud, de tantos cristianos que reniegan ante el sufrimiento; ellos gozan de ser injertados con el precioso brote de la gracia divina, pero no quieren después que la mano providente del celeste agricultor los pode, esto es, no quieren despojarse totalmente de sus afectos terrenos, no quieren cortar generosamente sus pasiones favoritas, —incluso, quisieran ser ramas fructíferas del árbol del paraíso—, además quieren retener en sí mismos, los parásitos salvajes del antiguo enemigo, es decir, los afectos mundanos: el amor propio, el orgullo, la avaricia y cosas semejantes. Pero, esas vergonzosas ramas que, incluso ante el precioso injerto, permanecen salvajes y estériles, ¿al final no serán rechazadas y arrojadas al fuego?

MOMENTO PARA LA MEDITACIÓN PERSONAL

¡Oh Divino Espíritu!, cuando reflexiono que en mi alma también realizas ese injerto saludable, por el que ella debería producir frutos de vida eterna; inmerso en mi deplorable inestabilidad, libero un amargo suspiro en mi corazón… ¿Dónde están aquellos frutos que yo, como rama de un árbol divino debería producir?, ¿dónde están aquellos frutos que deberían estar maduros, por los ardores celestiales del Espíritu Santo?, ¿cuántos son?, ¿son perfectos?; ¡un amargo suspiro es la respuesta!; pero, ¿de quién es culpa esta vergonzosa esterilidad?

Señor, me acuso delante de tus pies: ¡la culpa es mía, y toda mía!, yo no quise que por tu Mano Bendita fueran quitadas, en mi revés, las hierbas dañinas de las pasiones y de los vicios, y rechacé el hierro palpitante de la mortificación cristiana; la indiferencia se opuso a las santas obras; la frialdad y la inconstancia apagaron mi fervor; no correspondí fielmente a tus gracias, al Divino Espíritu; soy semejante a una planta estéril e inútil, que no está apta sino para ser lanzada al fuego, ¡Dios mío al el fuego del infierno no quiero ir!, lánzame, más bien, en el fuego de tu Amor, que purifica las almas y las vuelve fecundas de santos frutos.

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh prometido y suspirado Consolador!, Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo, que escuchando la unánime oración de los discípulos del Salvador, fraternalmente reunidos en el Cenáculo, descendiste para consolar y santificar la Iglesia naciente; sé propicio a nuestras súplicas, descienda otra vez tu Divino Fuego en los corazones de los hombres. Haz resplandecer tu luz hasta los confines de la tierra; llama nuevamente al seno de la Madre Iglesia Romana, a todas las iglesias separadas.

Oh Espíritu Santo, que eres el Amor ¡piedad de tanta mediocridad y de tantas almas que se pierden!; haz que rápidamente acontezca aquello que David profetizaba diciendo: “Envía tu Espíritu”. Haznos nuevas creaturas, y así renovarás la faz de la tierra. A partir de esta consoladora profecía, unidos en oración, como nos enseña la Iglesia, con plena confianza repitamos: ¡Envía tu Espíritu Señor y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra!

Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre.

Himno al Espíritu Santo.

Frase conclusiva.

VEN CREADOR ESPÍRITU AMOROSO

(himno de las primeras vísperas de Pentecostés, Tomo II)

Ven, Creador, Espíritu amoroso, ven y visita el alma que a ti clama y con tu soberana gracia inflama los pechos que criaste poderoso. Tú que abogado fiel eres llamado, del Altísimo don, perenne fuente, espiritual unción, fuego sagrado. Tú te infundes al alma en siete dones, fiel promesa del Padre soberano; tú eres el dedo de su diestra mano, tú nos dictas palabras y razones. Ilustra con tu luz nuestros sentidos, del corazón ahuyenta la tibieza, haznos vencer la corporal flaqueza, con tu eterna virtud fortalecidos. Por ti, nuestro enemigo desterrado, gocemos de paz santa duradera, y siendo nuestro guía en la carrera, todo daño evitemos y pecado. Por ti al eterno Padre conozcamos, y al Hijo, soberano omnipotente, y a ti Espíritu de ambos procedente, con viva fe y amor siempre creamos. Amén.

FRASE FINAL PARA CONCLUIR LA NOVENA

(El signo de la Santa Cruz debe hacerse al mismo tiempo que se lee la siguiente frase conclusiva)

† El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.